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Un oyente novato que desconoce la melodía de la vida.

 Todas las tardes cuento con la suerte de apreciar uno de los grandes regalos que me proporcionó la vida, la vista. Cada tarde admiro a través de la ventana uno de los escenarios más bellos que he visto nunca. Y nunca falla, siempre llega al caer la tarde. Los pájaros de San Francisco y su canto, las grandes   aglomeraciones que se generan cubren el cielo casi en su totalidad formando un escenario que parece ser ficticio. Es más, siempre desconecto y antes de que me dé cuenta en un abrir y cerrar de ojos ya no están. Pero hay algo que resalta aún más que su mera presencia en los cielos. Su cantar, permanece constantemente ahí y no desaparece. Estoy seguro de que antes habría sido una molestia. Pero asemejé su canto a un recuerdo tan preciado que ahora es una melodía imposible de ignorar, despierta sensaciones y emociones en mí que ni la música podría compensar.

Un pensador incapaz de dejar de pensar.

  Últimamente no dejo de pensar, nunca. Mi   mente no deja de procesar una y otra vez cada cosa que ronda por ella. Es frustrante, agotador, caótico. Pero no es nada que no conozca ya, estoy acostumbrado al ruido constante que conlleva pensar demasiado las cosas. Cuando estoy ocupado o distraído, el ruido desaparece. Pero al estar despejado surge de nuevo. Vivir con ese molesto ruido constantemente tiene sus ventajas, aunque casi inexistentes. Pensar demasiado las cosas nunca suele traer nada bueno, o eso dicen. El escritor ha de transmitir algo con sus palabras, o eso creo. En ocasiones escribo para mí mismo, pero deseo que los demás me lean. Tengo miedo a que la gente me lea, pero espero ansioso el momento en que alguien pase la primera página y quede inmerso en mis palabras. ¿Tendré el talento suficiente? Es más, ¿hace falta tenerlo? Quién querría leer mis palabras y frases sin sentido… ¿Quién querría compartir este molesto ruido conmigo?