Un oyente novato que desconoce la melodía de la vida.
Todas las tardes cuento con la suerte de apreciar uno de los grandes regalos que me proporcionó la vida, la vista.
Cada tarde admiro a través de la ventana uno de los
escenarios más bellos que he visto nunca. Y nunca falla, siempre llega al caer
la tarde.
Los pájaros de San Francisco y su canto, las grandes aglomeraciones que se generan cubren el cielo
casi en su totalidad formando un escenario que parece ser ficticio.
Es más, siempre desconecto y antes de que me dé cuenta en un
abrir y cerrar de ojos ya no están. Pero hay algo que resalta aún más que su
mera presencia en los cielos.
Su cantar, permanece constantemente ahí y no desaparece. Estoy
seguro de que antes habría sido una molestia.
Pero asemejé su canto a un recuerdo tan preciado que ahora
es una melodía imposible de ignorar, despierta sensaciones y emociones en mí
que ni la música podría compensar.
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